26 de enero de 2014

✍ Relato anónimo: Juntaperros

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"Lion Tamer" Litografía de Gibson & Co. (1973)

Les dejo un relato publicado en el siguiente sitio, supongo que el autor se engalana bajo el seudónimo de El gato Fénix, o quizás esa sea simplemente el nombre de su blog y él sea más anónimo aún. De una forma u otra ahí va:


Durante las vacaciones de verano en el ochenta y dos había una sensación de derrota en el aire que continuaba flotando desde el final de la guerra de las Malvinas. Además, la economía de guerra había mellado bastante el presupuesto familiar. Por eso, en vez del mes que siempre pasábamos en un hotel en Mar del Plata cada verano, fuimos a un pueblito de Entre Ríos llamado Crespo, a pasar unas semanas en lo de la hermana de mi viejo. Mirta era una mujer casada con un alemán de nombre Wilhelm que insistió durante todas las vacaciones que nosotros, dos pibes de escuela primaria, escucháramos óperas de Wagner y leyéramos poesías de Rilke. Así como Wilhelm era un tipo culto y de carácter fuerte, Mirta era todo lo contrario. Su única pasión eran los animales. Mi hermano la había bautizado La Juntaperros, porque en la casa tenía tres cuzcos sarnosos a los que había rescatado de la calle y por los que se desvivía. No se podía salir al patio de la casa por el olor a la mierda de los perros. Había uno medio ciego y sin una pata, que mi tía adoraba y había bautizado Pirata. Era un perro con un carácter insoportable, aunque los otros dos no se quedaban atrás. Mirta no paraba de hablar de sus perros. Parecían sus hijos. Sus verdaderos hijos, mis primos, Norman y Hermann, tenían varios años más que nosotros y ya estaban resignados a la madre que les había tocado en suerte.

En Crespo no había nada para hacer. No había cine, ni playa, ni pileta. Y no teníamos un sólo amigo. Por eso, cuando llegó un circo decadente, que en Mar del Plata o en Buenos Aires no nos hubiera interesado nada, le pedimos prestadas las bicicletas a nuestros primos y fuimos a investigar. Eran las cuatro de la tarde y estaban levantando la carpa. Era uno de esos circos chicos, la carpa verde llena de remiendos y la entrada de chapa con la pintura descascarada. Al menos teníamos algo para matizar el monótono de la semana. Estaba lleno de pibes más chicos que nosotros, entusiasmados por el acontecimiento. Nos acercamos a una jaula que parecía vacía. En un rincón, entre pasto seco y recostada contra un piletón de chapa con agua, había una  leona dormida. Mientras la mirábamos, se nos acercó un tipo del circo y nos empezó a hablar casi en voz baja.

- ¿Les gusta?

Le contestamos que sí. De hecho, era lo único interesante que habíamos visto en todas las vacaciones.

- Si quieren - dijo - les puedo conseguir entradas para la función de mañana.

Le dijimos que sí y el nos dijo que teníamos que hacerle un favor.

- Si me consiguen un par de gatos de baldío para darle de comer a la leona, les doy una entrada a cada uno.

Mi hermano le dijo que sí enseguida. Volvimos a casa en las bicicletas y tomamos la merienda. Mi hermano salió a jugar a la vereda y yo me quedé viendo la tele. Un par de horas después volvió a entrar a la casa y me mostró dos entradas para el circo.

- ¿Cómo hiciste? - le pregunté

- Andá a mirar al patio.

Fui al patio y vi a Pirata solo. Los otros dos perros no estaban.

- Le pregunté al tipo si le servían los mismo unos perros y me dijo que sí. – Lo contaba con un entusiasmo que en vez de hablar, parecía que se estaba riendo.

- ¿Estás loco? - le dije - La tía te va a matar.

- ¿La Juntaperros? Ya va a juntar otros.

- ¿Pero vos tenés ganas de ir al circo?

- ¿A ese circo roñoso? - me respondió, mientras hacía un bollo con las entradas.


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