9 de julio de 2013

✍ Faustroll navegando hasta la isla Sonora

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Bienaventurado el sabio —exclamó—, que, en la pendiente de una montaña se complace en el sonido de los címbalos; solo en su lecho, al despertarse, canta: ¡Jamás, lo juro, irán mis deseos más allá de lo que poseo...

Fue en Junio de 1898 cuando intimaron al Doctor Faustroll abandonar la casa que alquilaba en París. Entonces sin dudarlo se decidió a embarcarse en un navío-colador de cobre parafinado llevando consigo una cuidosa selección de libros dentro de libros.

Podría haberse embarcado en su majestuoso navío-elástico, hecho íntegramente con hilo de cuarzo estirado y aceite de castor; sin embargo debido a la magnitud de su tripulación supo descartar esa opción. Junto a él lo acompañaron el Monsieur Panmuphle y un también mono mandril que hablaba belga y alguna que otra palabra en francés.

Faustroll desde su silla de marfil, timoneó el cobrizo navío en tierra firme sobre las calles de París. Fue luego de atravesar el oloroso mar de Habundes, perseguir castillo errante, dejar atrás islas de gema sólida, ser saqueados por el ígneo Capitán Kid y pescar monos en el río, que llegaron a la Isla Sonora.

En dicha isla, donde los instrumentos crecen como plantas y donde en la noche Saturno toca los sonajeros sagrados, Faustroll bebió ajenjo y tuvo el placer de escuchar al niñito desnudo y al anciano blanco cantar la siguiente melodía posiblemente transcrita por el propio Panmuphle:


¿Algún músico patafísico se animará a navegar hasta la Isla Sonora?

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